Esta mañana andaba navegando como cosmonauta las galaxias cibernéticas y me tropecé con un articulo sobre como ser feliz. ¿Habrá una receta? ¿Será tan fácil como seguir esos diez pasos que anunciaba con letras enormes ese enlace informático? De todos modos me propuse leerlo porque, bueno porque es domingo en la mañana, ¿Qué otra cosa podía hacer mientras tomaba mi café? El autor del susodicho artículo asegura que la felicidad no reside en crear momentos felices sino en sacar lo máximo de cada momento de la vida. Y dije yo “Bueno nada que no se hubiese oído antes” paso numero uno es harto conocido, así que continué leyendo pasos dos al diez de esa receta para la felicidad. Debo admitir que entre los consejos había uno que otro que aplicados religiosa y consistentemente pueden mejorar la condición a tratar, pero ¿quien tiene tiempo hoy día para detenerse a oler las rosas? Sobre todo las rosas, que no me gustan para nada, quizás las orquídeas o los jazmines, pero bueno eso es otro asunto. El punto es que para ser feliz hay que trabajar muy duro lo que, podrían asegurar algunos, desafía completamente el propósito. Entonces pensé que bueno igual y merece la pena poner un poco de esfuerzo porque tampoco es que la felicidad nos va a caer sobre la cabeza como la manzana de Newton. Y me puse a pensar o mas bien a preguntarme, ¿Qué puedo yo sacar de estar aquí sentada con mi pedazo de pan en la mano, un café en la otra, la portátil de frente y los audífonos espetados en las orejas? Ahí me di cuenta, que no había otra cosa que hubiese preferido en ese momento que estar haciendo exactamente lo que hacia, bueno en el fondo si. Me hubiera encantado despertar y darme cuenta que estaba en ese lugar al que sueño ir, rodeada de la gente a la que aspiro a conocer algún día y haciendo lo que me apasiona: escribir. Pero como eso no es posible, por el momento, pues tuve que sacar lo máximo de lo que me estaba dando la vida en ese instante. Ahí estaba yo, con mi café en mano, de ese lugar que esta en cada esquina para satisfacer mi neurótica necesidad de cafeína, con mi pedazo de pan del súper, nada del otro mundo pero muy rico, en la otra. Frente a mi, la portátil, mi mejor amiga, la única que me entiende y sabe traducir en letras todos los remolinos de mi cabeza y mis audífonos, que parecen estar quirúrgicamente pegados a mi cabeza, con mi música favorita. Así, metida en mi mundo, sin nadie alrededor era como me apetecía estar y estaba muy feliz. Siempre que un sentimiento me agobia tengo que escribir, es una necesidad vital, si no lo hago exploto.
Para regresar a la cuestión del artículo, me da mucha vergüenza reconocer que esos consejos tan insulsos tuvieron un efecto positivo en mí esta mañana. Darme cuenta que un café, un pedazo de pan y mi portátil era todo lo que necesitaba para ser feliz, al menos en ese momento, fue una revelación porque he estado así muchísimas veces y nunca me había detenido a oler las rosas (¡putas rosas!). Darme cuenta que dentro de mi simple rutina dominguera estaba la mar de feliz y que ahora lo disfruto aun mas, tanto que el sentimiento me agobia y he tenido que sentarme a escribir porque si no exploto, pero de felicidad.